Una noche cualquiera en Roma Norte (o cómo acabé detenido)

Una noche cualquiera en Roma Norte (o cómo acabé detenido)

Entre conciertos íntimos, visitas al estudio y piezas que encuentran casa, también hubo un episodio bastante menos glamuroso.

Un sábado cualquiera, saliendo del estudio en Roma Norte, acabé detenido por tomarme una cervecita con unos amigos en la calle. Así, sin más épica que esa. Nada de performance involuntaria. Nada de arte conceptual llevado demasiado lejos. Nada que merezca texto curatorial.

Simplemente una situación absurda de esas que solo pueden ocurrir cuando menos te lo esperas.

Habíamos cerrado el estudio después de una jornada larga. La luz ya estaba bajando, la colonia estaba viva como siempre —gente caminando, terrazas llenas, conversaciones cruzadas— y decidimos brindar un momento antes de ir cada uno a su casa. Una cerveza rápida. Una charla corta. Un sábado cualquiera.

Hasta que dejó de serlo.

En cuestión de minutos, la escena cambió. Lo que parecía un gesto cotidiano terminó en patrulla, papeleo y unas horas que no estaban en la agenda. Nada grave, nada heroico, nada trágico. Solo el tipo de anécdota urbana que te recuerda que la ciudad tiene sus propias reglas, a veces visibles y a veces no tanto.

Mientras estaba ahí, sentado, esperando que todo se resolviera, pensaba en lo extraño que es el contraste. Horas antes hablábamos de arte, de espacio, de cómo activar un estudio con música. Y de pronto, la realidad más burocrática y terrenal te aterriza sin metáfora posible.

El estudio, al final, no está aislado del mundo. Está en Roma Norte. Respira la misma ciudad que todos. Comparte su ritmo, sus contradicciones y sus pequeñas fricciones cotidianas.

Lo cuento aquí porque Más Cara Que Espalda no vive solo de momentos bonitos, inauguraciones cuidadas o conciertos elegantes. También vive de lo que pasa alrededor. De lo imprevisible. De lo incómodo. De esas historias que, con un poco de distancia, se convierten en algo que contar entre risas.

Hoy ya lo recuerdo así.

No como drama.
No como injusticia monumental.
Sino como una nota al margen en el cuaderno del estudio.

A veces el espacio se activa con jazz.
Y otras, con una patrulla.

Ambas cosas, curiosamente, forman parte de estar vivo en esta ciudad.

Y el estudio, como la ciudad, también aprende de sus sábados.