Torre del Reloj · Parque Lincoln
Sacar el trabajo del estudio siempre implica un pequeño desplazamiento, no solo físico, también mental. Cambia la luz, cambia el contexto, cambia la forma en la que las piezas se perciben. Esta vez fue en la Torre del Reloj, cerca del Parque Lincoln, invitados por un gran amigo de Galería OM. Más que una invitación profesional, fue una invitación desde la cercanía, y eso se nota en cómo se construyen las cosas desde el principio.
La Torre del Reloj no es un espacio neutro. Tiene presencia, historia, carácter. No desaparece para dejar que la obra brille sola, sino que obliga a establecer un diálogo. Eso me interesa especialmente, porque hace que las piezas se comporten de otra manera, que encuentren nuevos equilibrios, que se relacionen con el entorno de forma más activa. No se trata de imponer el trabajo en un espacio, sino de entender cómo se integra, cómo respira dentro de él.
La exposición reunía distintas miradas, distintos lenguajes, diferentes formas de entender el trabajo artístico. En ese contexto, la obra deja de ser individual y pasa a formar parte de algo más amplio, de una conversación colectiva. Mi trabajo entraba ahí sin necesidad de destacar por encima, más bien buscando una cierta armonía dentro del conjunto, entendiendo que en ese tipo de formatos el valor está también en lo que ocurre entre las piezas, no solo en cada una por separado.
Este tipo de colaboraciones funcionan porque están sostenidas por relaciones reales. Antes que artistas o galerías, hay personas. Y cuando eso está bien construido, todo lo demás fluye con más naturalidad. Salir del estudio no es perder control, es ampliar el espacio. Es permitir que el trabajo tenga otras vidas, otras lecturas, otros contextos que no siempre se pueden prever.