El cristal de la mesa
No todo se puede controlar, y de vez en cuando el estudio lo recuerda. En algún momento del mes, el cristal de nuestra mesa de trabajo decidió romperse sin previo aviso y en el peor momento posible. No hubo una causa clara, ni un aviso previo. Simplemente ocurrió.
Durante unos segundos, la sensación fue que podía ser algo más serio. El ruido, el impacto, la incertidumbre inmediata. Pero, por suerte, todo se quedó en un susto. Nadie salió herido y el incidente no pasó a mayores, más allá de lo evidente: nos quedamos sin mesa.
Lo cual, curiosamente, afecta bastante a la dinámica del estudio. Es uno de esos elementos que parecen secundarios hasta que desaparecen. De repente, todo se descoloca, todo se tiene que reorganizar. Es un recordatorio bastante directo de lo frágiles que pueden ser ciertas estructuras que damos por hechas.
La mesa ya está repuesta. Todo ha vuelto a su sitio. El estudio sigue funcionando con normalidad, como si nada hubiera pasado. Pero durante unos días, hubo que improvisar, adaptarse y asumir que no todo está bajo control. Y tampoco pasa nada.
A veces las cosas se rompen. Y lo importante es que no pase nada más.